viernes, 17 de julio de 2009

Tres deseos

“…Así, finalmente todo ha acabado, mis pensamientos me han traicionado, no queda una gota de inspiración es este viejo cuerpo, no hay rastro de virtud en esta pobre alma sin valor. Cierro la última página de mi libro, pico el último punto final, con la punta de mi pluma…”

Un hombre miserable en condiciones desdichadas, metía cuidadosamente la carta en un sobre y finalmente lo sellaba con cera. Asentaba el sobre en una canasta de mimbre junto con otras más (“… A mi siempre amada, a mi fiel amigo y abogado, para el ángel de mis sueños…”).

Acostado sobre el sillón apolillado de terciopelo, relajó su cuerpo completamente, excepto por su brazo que sostenía una espada afilada a la altura de su cuello. No tenía abiertos los ojos, respiraba lenta y profundamente, no tenía prisa pero tampoco deseos de quedarse, no sufría por una enfermedad mortal o por algún tipo de cáncer, era un desorden en su mente que le carcomía el alma.

Por la mente del poeta pasaron imágenes del ayer, recuerdos de una vida amarga, de un mundo cruel lleno de odio y miedo, una existencia solitaria y sin amor, tan triste como el dolor más profundo, tan aterrador como la pesadilla más oscura.

La mano del poeta se impulsó una última vez y una luz blanca llenó la habitación polvorienta, el arista no respiraba, su corazón no latía, el tiempo no transcurría. Sus ojos sólo veían una figura luminosa, cálida que le daba vida. El aire volvió a pasar por sus pulmones y su corazón comenzó a palpitar otra vez. Sus labios se movieron:

“Eres el Ángel de mis sueños, eres el ser de vida y luz que vino a rescatarme de esta vida. Ha sido largo el camino y doloroso, mi cuerpo está lleno de cicatrices y mi alma se desangra. Tantas noches perdidas en el sufrimiento, hubiera deseado no ver tantos atardeceres y llorarle a las estrellas por la soledad que me sofoca. Ángel líbrame de mi cruel destino, llegaste al último instante, sálvame de mi cruel destino”.

El ser de luz se acercó hacia la figura pálida y seca, a los restos de un hombre que tiene menos vida en su alma que el insecto más miserable, menos esperanza en su oscuro corazón que la luz de una vela en una noche tormentosa.

“Mi amor por ti me hizo venir por ti, tu corazón ha sufrido demasiado y mereces de toda la dicha y el lujo que quisieras. Te concederé tres deseos, no tienes que darme nada a cambio. Desea lo que quieras, yo lo haré realidad. Sólo dilo y el mundo estará a tus pies, la realidad es ahora tu voluntad, todos los placeres que puedas imaginar yo te los puedo conseguir, no hay lujo alguno que no pueda conseguir. Pide lo que quieras”.

Asombrado el poeta, su rostro lloró las últimas gotas de agua que quedaban en su cuerpo más muerto que vivo, inmóvil, casi momificado. Su cara no expresaba ya ni un sentimiento, pero sus ojos aún miraban y el aire todavía pasaba por sus pulmones, su corazón latía cada vez más lento.

“Ángel, mi amor, he sufrido tanto en esta vida, no conozco el placer, no conozco el goce ni la felicidad, mi vida está exenta de cualquier gusto y mis ojos no han visto más que sombras y pesadillas que me atormentan, mi alma nunca ha sido virtuosa y esto lo he sufrido hasta el día de hoy. Deseo encontrar toda la belleza del universo, deseo alcanzar el placer más grande y deseo que dicho placer dure eternamente y que no haya forma de que alguien o algo me saque de esa eternidad de placer y belleza”.

Y esas fueron las últimas palabras del poeta. Cuando cerró el trato con el diablo, este se quedó con el alma del poeta. En la muerte, en el infierno, encontró una eternidad de torturas y fuego, una atmósfera ácida con criaturas demoníacas que entonaban cantos malditos de perversión pura. Una sonrisa se dibujó en el rostro del poeta y así permaneció, en el mundo más bello que ha conocido, en el placer más grande que ha sentido, en la eternidad de la muerte. Lejos del sufrimiento de la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario