viernes, 8 de mayo de 2009

Los Zombies - I

Últimamente los expertos mercadólogos de videojuegos han alertado a la horda y exitosamente hemos visto las estanterías en las tiendas rodeadas de zombies como si de una plaga se tratase.

Pero no es lo divertido que es salir a matar zombies lo que es de llamar la atención, en las oscuras calles de una ciudad pos-apocalíptica, hundida en la epidemia de los muertos vivientes, hay alguna razón y explicación para que sea tan satisfactorio el matar zombies y es que los zombies somos nosotros. Es esa parte oscura que tenemos dentro de todos nosotros, ese ser insípido y sin voluntad propia, sin creatividad ni libre pensamiento, atrapado entre prejuicios y aterrado por los tabúes, inclinándose ante los dioses que nunca verá o ante sueños que se pierden al despertar.

Nos vemos como seres libres, independientes, soberanos de nuestros propios cuerpos, pero en realidad no somos tan diferentes de los zombies. Actuamos siguiendo, en primer lugar, los instintos más básicos. Tal como los zombies. Nuestras decisiones, tales como dónde comer, qué ropa vestir, cómo hablar y con quién comportarse, las cosas que son buenas, malas y nuestros ideales, todo está impuesto por una cultura totalitaria basada en el capital, donde el arma más poderosa es la moneda y donde no importa la forma de obtenerlo, siempre dará como resultado poder. Es esta razón por la que los negocios se han hecho indudablemente el mejor de los menesteres. Dicho explica la tendencia de una cultura hacia el comercio y a la guerra diaria que los poderosos luchan por hacerse de más poder, destruir al otro o por sobrevivir en un mundo forjado alrededor de la competencia. Así pues, citando a un funcionario público que una vez dijo: “Necesitamos más áreas de esparcimiento, casi no tenemos plazas”. Si vender da poder, comprar te da estatus. Es prueba de tu poder, mientras más caro y lujoso sea lo que tengas, mayor tu poder adquisitivo y por lo tanto, mayor alarde del poder. Pero caemos en la trampa de dejarnos seducir por el lado oscuro del dinero, nuestra propia debilidad e impotencia. Usando razonamientos platónicos, aquel que ya tiene poder ¿Para qué querría más poder? ¿Qué no el ser humano es la máxima creación de Dios, tanto que fue creado a su imagen y semejanza? Millones de puntos de luz amarilla se elevan al cielo, a un vacío infinito prueba de nuestra soledad, infinito tan profundo, abstracto y paradójico que evidencia la fragilidad de nuestra existencia ante tal inmensidad de nada. Y ese vacío lo tenemos grabado en nuestra mente, porque está lleno de títeres de trapo. Pequeños seres coloridos y juguetones, pero sin vida que son tirados de cordeles por los titiriteros que nos controlan.

El control no es sutil, es superliminal. Lo tenemos todo el tiempo frente a nuestras caras, tanto que dejamos de darnos cuenta de su acción y efecto desde el mismo día que lo encontramos. El mercado hace que elijas la píldora azul o la roja, que uses pantalón y tenis o saco y corbata. Hace que festejes la navidad, que tengas sentimientos el día del amor y la amistad. Hace que compres el auto de lujo y el celular de moda. Te hace ceder el poco poder que tienes a aquellos que tienen mucho. Tienes en realidad, tan poco control de tu vida, como los zombies. Pero luego hay escépticos en el mundo que arruinan todos los planes de conquista mundial, esos locos de las conspiraciones del código da vinci, los iluminati y los reptiles del espacio.

Puedes inducirle la adicción al dinero al humano con unos cuantos comerciales, unas pocas películas donde los ricos tienen todo y los pobres no tienen nada, unos pocos documentales, un poco de historia del mundo… Mostrándole un poco de la realidad de un mundo donde el dinero y el poder lo son todo. Pero con eso no es suficiente, nunca es suficiente para el ser humano, necesita saber más, es inseguro, tiene que tener la certeza de que su libertad no se ve amenazada.

Los seres humanos se diferencian de los zombies por que piensan que son libres. Los otros ya no piensan, el defendernos de ellos nos hace más fácil el negar nuestra propia esclavitud. Cuando se combate, no es al otro al que se le teme, cada guerra es una lucha constante por calmar nuestras pesadillas.